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Si preguntan el por qué ha sucedido, es factible decirles que tampoco lo sabes, antes que inventar causas irreales o fantasiosas; y siempre ante la mención de inculpación por parte del niño, repetir, una y otra vez, que de ninguna manera ha sido culpa suya.

Los tres temores y fantasías que se presentan con mayor frecuencia en el niño son: si le pasará eso a él; si él ha tenido la culpa de lo que sucedió y quién lo va a cuidar, en caso de que sea la muerte de uno de sus padres.


El duelo en la adolescencia


El adolescente puede sentir mucha rabia, miedo, impotencia, y preguntarse por qué y para qué vivir.

Muchas veces se pide al adolescente que sea fuerte, debido a que se lo considera ya mayor. Pero éste se ve bajo la presión de ser maduro cuando está en una etapa llena de incertidumbres e inseguridad. Incluso considera que si manifiesta abiertamente el dolor que siente, puede tomarse como señal de debilidad.


La pérdida de un ser querido se le suma a una serie de conflictos propios de la etapa en la que vive, por lo cual se le hace más duro aún sobrellevarla.


Si el adolescente se encuentra en un momento de conflicto de relación con sus familiares, propios de la edad, como consecuencia de querer lograr su independencia e identidad, puede que la pérdida de uno de éstos se cargue de culpa o sentimientos ambivalentes. Esto complicaría el proceso de duelo, llegando a manifestarse conductas de riesgo (consumo de alcohol y drogas, conductas delictivas), fracaso escolar, mayor agresividad con familiares y amigos, problemas psicológicos en general.


Por ello, en la adolescencia hay que prestar atención a la situación particular por la que está atravesando el joven, y apoyarlo lo máximo posible. Lograr una mayor comunicación con él para que pueda expresar sin presiones y sin ser juzgado por lo que siente y piensa. No demandarle más de lo que puede dar.

 

Decálogo de consejos.



                                                                                                        Psicóloga Online Claudia Alberto Fermanelli                                                                                                          Colegiada nº B-1698

                                                                                                            

 

La pérdida de un ser querido es siempre un momento difícil y doloroso para la familia y tiene consecuencias psico-afectivas. El proceso por el que se atraviesa luego de la misma se denomina duelo, y consta de varias fases que conducen, si es vivido normalmente, a la superación de la muerte del ser querido y a una progresiva adaptación a la nueva situación.


Su desarrollo es más o menos largo y doloroso dependiendo de varios factores, como son: la relación con el fallecido (tipo de lazo familiar e intensidad del mismo, dependencia, conflictos,

Muerte de un ser querido - Duelo

ambivalencia), circunstancias de la muerte (esperada o repentina, sosegada o violenta), y la edad de éste.


En general, el duelo dura entre uno y tres años.


Podemos decir que se ha elaborado un duelo cuando se acepta esa muerte, cuando se deja de pensar en el pasado y se puede dirigir de nuevo toda la energía al presente, en la vida y en los vivos. Se logra recordar al fallecido sin sufrimiento, y se aprende a vivir sin él, recobrando la propia identidad.


Disfrutar de la vida nuevamente, no significa olvidarse para siempre de la persona que se ha perdido, y la cantidad de tiempo que se demora en elaborar el duelo no se relaciona directamente con cuánto se amaba a aquel.


Por lo tanto, no se debe sentir culpa por la forma en que se vive un duelo, comparándolo con otras personas o con consideraciones generales, ya que cada caso es específico.

Hombre sentado en el suelo tapandose la cara con las manos

Fases del proceso de duelo.


Dentro de la teoría de la Psicología del duelo se pueden diferenciar varias etapas o fases por las que todas las personas atraviesan inmediatamente después de la pérdida de un ser querido. En general podemos resumirlas en tres:


1) Fase de impacto (de pocas horas a una semana):

Negación de la realidad. Se actúa como si el fallecido aún estuviera vivo, y se tiene la fantasía de que volverá. Luego, se da en esta etapa un período de insensibilidad, donde nada parece real. Se tiene la sensación que le está pasando a otro, se encuentra incapaz de reaccionar y, por último, aparece el enojo o resentimiento, buscando culpables, como los médicos que lo dejaron morir, Dios por habérselo llevado, otros familiares por descuidarlo, e incluso el mismo fallecido por haberlo abandonado.


2) Fase de depresión o de repliegue (de un mes a un año):

Aquí se desarrollan sentimientos de tristeza, angustia o depresión, que se expresan a través del llanto, nostalgia, melancolía y confusión. Surge el miedo que es, fundamentalmente, a la soledad, al desamparo. También pueden aparecer sentimientos de culpa, pensando que no ha hecho lo suficiente para salvarlo.


3) Fase de recuperación o restitución (después del año):

Supuestos erróneos:


- Conservar objetos del difunto: se supone que mantener intactas las pertenencias de la persona fallecida, implica respeto o que no se lo olvidará. Esto no es necesariamente así. A algunas personas les reconforta hacerlo y a otros le resulta difícil soportarlo; por lo que es aconsejable que cada uno haga lo que le resulte más positivo. También se pueden conservar los objetos de recuerdos más apreciados y descartar otros.


- Más se sufre porque más se amaba: el duelo es distinto en cada persona, y se desarrolla con mayor o menor intensidad debido a múltiples factores; por ello este supuesto es erróneo, ya que no hay relación directa y única entre el sufrimiento padecido y el amor sentido por el difunto.


- Hay que contener las emociones: en el intento por superar la pérdida, hay personas que se obsesionan con que no hay que pensar en la persona fallecida, ni hablar de él, ni de lo sucedido, y que todo recuerdo material debe esconderse de la vista. Esta es una manera de negar los sentimientos y emociones que son propios y naturales del ser humano frente al duelo, por lo cual es muy negativo, ya que si éstos no se expresan, de todas maneras se manifestarán de una u otra forma, generalmente, como depresión o síntomas de todo tipo.



Mujer en posición de rezo

Los niños frente a la pérdida de un ser querido.


En los niños es muy particular la vivencia y consecuencias de la pérdida de un ser querido. Depende de la edad en que se presente, debido a los diferentes significados que tiene el concepto de muerte para cada etapa del desarrollo infantil. Siempre es importante acompañarles en este proceso, estando a su lado para responder a sus preguntas. Ayudarlos a entender lo que está pasando, sin obligarlos a aceptar la realidad de la pérdida. No dejarlos al margen, ni esconderles nada de lo que está sucediendo; a su manera tienen que percibir y vivir el acontecimiento que afecta a toda la familia.


Antes de los cinco años no existe una idea clara de lo que es la muerte. Luego la viven como una separación temporal; es algo provisional y reversible. Sin embargo, los niños se afligen y sufren aunque en un lapso breve de tiempo porque al rato están jugando normalmente. Es necesario explicarle una y otra vez lo que ha sucedido, lo que significa la muerte; para ellos la persona que ha fallecido volverá, o se despertará en algún momento. Es importante utilizar los términos exactos y llamar a la muerte por su nombre, para no generar más confusión con palabras como “se ha ido”, “se ha quedado dormido para siempre”, “se ha ido de viaje”, “Dios se lo ha llevado”. Es fácil ver que estos enunciados pueden generar más fantasías y ansiedad en los niños de esta edad. En cambio, es aconsejable remitirlos a ejemplos de muerte de la cotidianidad, como en la naturaleza, muerte de animales domésticos.


A partir de los nueve años tienen una idea más clara y ajustada de la muerte. Saben que es permanente y real.

Los niños suelen pasar las etapas del duelo más rápidamente que los adultos, debido a su particular percepción del tiempo.

Es importante ser completamente honestos con los niños. Buscar el momento y el lugar adecuados para darles la noticia; así como las palabras justas. Es mejor dejar pasar unas horas del suceso (principalmente si es una muerte inesperada) para que los adultos se tranquilicen y haya pasado el tiempo de máxima crisis, de shocks nerviosos, desbordes, etc., propios del momento, para que el niño no los presencie. Utilizar la menor cantidad de palabras posibles, sólo las necesarias para describir la situación, sin entrar en detalles escabrosos.

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Es fundamental expresar lo que sentimos a cada momento, desahogarse y buscar si es necesario la ayuda de un psicólogo para hacerlo.

Por fin la persona va superando el duelo y comienza a sentir alivio, como que todo ha pasado. Convencimiento de que necesita seguir su vida y ser feliz. Se ha aceptado la pérdida, se ha superado el dolor. Tiene lugar una reorganización del individuo en la que se recuperan todas sus capacidades psíquicas.